Viajar en tren es una experiencia especial. No lo pienso sólo yo, ya he sumado más de 20 bloggers que piensan igual. Viajar en tren otorga una sensación de libertad. Sentir el aire fresco en la cara, caminar por sus vagones intentando adivinar las historias de vida que hay detrás de esos rostros pensantes, sonrientes o entristecidos. El sonido continuo que acompaña todo el viaje, el rostro pegado a la ventana como queriendo contemplar lo más posible de esos paisajes de postal que aparecen así de repente.

Hace rato que quería hacer un «post colaborativo» y por fin me puse las pilas. Es una modalidad en donde invitas a varios blogueros para que compartan sus relatos en tu blog, con alguna temática puntual. Si bien he participado de varios posts de este estilo, nunca había armado uno. Lancé la propuesta para que me cuenten sus «anécdotas de viajar en tren» y en menos de una semana ya tenía más de 20 relatos en mi mail con historias en trenes de todo el mundo. Estaba feliz, sorprendida y asustada. ¿Cómo iba a organizar tan buenos textos en sólo un post? Dejé pasar unos días. Una vez con todos los textos «en la mesa» surgió la idea de armar una serie de varios, agrupándolos por «sectores».

VIAJAR EN TREN POR EUROPA

Lo he confesado en varios posts, el tren es mi medio de transporte preferido. Para mi viajar en tren por Europa es una experiencia inolvidable. En mi viaje de 6 meses lo usé lo más que pude. Fue el escenario donde nacieron pensamientos profundos de charlas impensadas, miradas cómplices entre dos desconocidos. Me vi jugando con una nena croata sin entender si quiera una palabra. Fue mi cuarto varias noches, y también varios días. Fue mi escritorio y mi casa.

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con mi compañera de viaje, en algún tren de Europa

Pero bueno, basta de hablar de mí, vamos a pasar a los blogs invitados que tienen anécdotas geniales para contarnos:

«Un adiós sobre rieles»
Italia – Gilda Selis – Mi bitácora de viajes

Las veo despedirse. Son dos mujeres de no más de 25 años. Lloran sin pudor; como si estuvieran solas en una clínica y un médico les dijera que una de ellas tiene cáncer de mama. Pero no están solas. Están –estamos– en la Estación de Trenes de Cecina, una localidad costera de Italia, con destino a Pisa. Es sábado 23 de julio y el calor es invasivo. No puedo dejar de mirarlas desde mi ventanilla mientras transpiro y formulo hipótesis con sus llantos. A la gente de mi alrededor parece no importarle. Están con la mirada baja, embobados en las pantallas de sus celulares, leyendo novelas o inmersos en sueños.

La pareja se abraza sobre el Andén 3 mientras el tren está detenido. Comienzan a susurrarse palabras en el oído tomadas de la mano. Luego se besan; lo hacen despacio como un caracol que lleva su hogar a cuestas. Parece que quisieran alargar esos segundos previos al arranque del tren. Pero llega la hora.

La muchacha de pelo rapado al costado y flequillo rubio platinado tiene los puños apretados. Cierta bronca se trasluce en su mirada. Como si la partida le pesara más que la mochila que carga en su espalda. Finalmente se sube abruptamente al vagón donde estoy. Se marcha ¿o en realidad está regresando?, ¿volverán a verse?, ¿habrá sido sólo un amor de verano?. Desconozco muchas cosas: sus nombres, sus nacionalidades, el por qué de ese adiós encendido. Imagino posibles desenlaces. En ninguno se reencuentran.

La chica que se queda en la estación se toca una y otra vez el piercing de su cartílago izquierdo mientras empieza a escuchar el sonido metálico de las ruedas sobre los rieles. De tez pálida y rulos apretados, lleva puesto unos anteojos de marcos grandes y rojos, bien llamativos. La veo por última vez y debajo de los lentes continúan las lágrimas enérgicas que corren el maquillaje. La otra joven se sienta en el piso del vagón, quizás para no verla más. Acomoda su mochila de 60 litros y se desploma sobre ella. Se calza sus auriculares y se aísla del mundo, como el resto de los pasajeros enajenados. Como si eso bastara, de alguna manera indescifrable, para masticar la cobardía.

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«La ruta inexistente»
Bulgaria – Alejandro Nuñez – Mi viaje por el mundo

Sin duda alguna el tren es el mejor medio de transporte que existe. Además de los paisajes que verás y la facilidad de trasladarte de un lugar lo que más me gusta viajar en tren es que te obliga a relacionarte con otros viajeros y personas que viajan en el tren.

A diferencia de todos los países del continente americano, en Europa el tren es el medio de transporte más usado. Desde los trenes de alta velocidad de Alemania hasta los antiguos trenes de la época comunista de Europa del Este, el tren te permite moverte por el continente y a la vez vivir experiencias que no serían posibles en avión.

La última vez que viajé a Europa decidí recorrer lo más posible en tren, mi plan era ir y volver de Alemania a Turquía, lo cuál realicé sin mucho esfuerzo gracias a los pases de Eurail. Sin embargo, los retos y anécdotas más memorables son de los trenes de Europa del Este, en especifico de Bulgaria.

El sistema de trenes de Bulgaria es anticuado y comprar o reservar un tren aquí puede llegar a ser todo un reto, sobre todo cuándo se planea usar una ruta que parece que dejó de existir hace unos años. La ruta era de Sofía a Estambul, lo que parecía ser un viaje nocturno sin muchas complicaciones se transformó en una noche de juego de caras y gestos mientras intentaba cruzaba fronteras en medio de la noche saltando de un autobús a otro.

Al llegar a la estación de Sofía, nadie te informa que la ruta está en reparación y parte de la misma ha sido reemplazada por autobuses. Esto se vuelve más complicado de entender ya que en Bulgaria se habla muy poco inglés, nada de español y su alfabeto es cirílico. Así que no se puede hablar o siquiera leer.

El viaje en tren comenzó como cualquier otro, cuándo de la nada una persona nos dice que nos bajemos del tren para seguirla, momentos después nos indica subir a un autobús, el cuál no tiene señalamiento alguno o dice hacia dónde se dirige: El autobús termina bajándonos a la mitad de la noche en la carretera sin iluminación para caminar unos metros hacia lo que parece la frontera entre los países. “¿Bajo mis maletas o las dejó aquí?” fue lo primero que pensé, así que agarré lo más valioso, corriendo el riesgo de perder el resto.

Del otro lado de la frontera todo mundo trataba de descifrar que era lo que iba a suceder o si estábamos en lo correcto, al final los que terminaron explicando la situación en un español roto fue un grupo de gitanos que constantemente toman esta ruta. Entre risas, gestos, compartiendo comida y bebida se pasó la noche hasta que llegó el siguiente autobús por nosotros. Después de esto, llegamos a Estambul por la mañana, sin mucha más complicación y ver el amanecer en esta ciudad es una de los mejores recuerdos de viajes que tengo.

En un avión no hay estos eventos. Llegas al aeropuerto, casi todos hablan inglés, te subes al avión, aterrizas y listo. En el tren te vez forzado a convivir con las personas con las que te encuentras, compartes comida, historias y juegos. El avión hace el viaje eficiente, el tren lo hace más real.

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VIAJAR EN TREN POR RUSIA

«Una foto in flagranti»
Javier Domingo – Lagarto Rojo

La escena se desarrolla en un tren de la línea entre Helsinki y San Petersburgo. Una vez en territorio ruso, suben los policías de aduanas y empiezan a examinar los pasaportes y los visados (conseguidos tras un océano de trámites). Para los que crecimos con sórdidas imágenes del Telón de Acero (o Cortina de Hierro en América) estos funcionarios de aspecto adusto son casi una leyenda. Entusiasmado, decido inmortalizar la escena con disimulo: con el móvil y desde el otro extremo del vagón.

Al cabo de unos minutos la bella funcionaria rubia examina fríamente mi pasaporte y me lo devuelve sin un mísero spasiva. Cuando ya está situada detrás de mí, ocupada con otros pasajeros, y pensando que ya estaba fuera de su atención, no se me ocurre otra estupidez que recrearme en mi audaz obra. Lo habéis adivinado: mientras miro de nuevo la foto, la rusa me pilla in flagranti (no, no fue in fraganti ya que por desgracia no era mi aroma varonil lo que la atrajo) y de inmediato se dirige hacia mí. Con la simpatía y la delicadeza características de las fuerzas del orden rusas, me ordena que la borre. Acuden sus compañeros a apoyarla y yo obedezco con cara de fingida ingenuidad. Lo que no sabían los tavarich es que en los minutos que mediaron desde que la tomé hasta que llegaron a mí, ya la había compartido en Instagram… ésa es la razón por la cual la imagen que veis es de muy mala calidad: se trata de una imagen recuperada de Instagram de una foto de móvil tomada a bastante distancia. Pero lo mejor es la cara del niño intruso que se asoma por la esquina inferior: se diría que un bebé se ha tragado a Beny Hill…

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«Un tren directo a Moscú»
Francisco Ortiz – Viajando con Fran

Estaba en Odessa y no me había gustado la ciudad. Quería seguir viaje. Por un momento pensé en ir a Moldavia, pero no era tan fácil. No quería seguir en Odessa así que decidí sacar un pasaje de tren directo a Moscú (24 hs). Compré el pasaje más barato, como siempre. Me tocó la cama de arriba del lado del pasillo, la peor, la que tenía el espacio más chico. Éramos 6 en esa parte aunque como no había puertas, toda la gente del vagón eran mis vecinos. Nadie hablaba inglés, nadie. Yo, como un principiante, me había olvidado de comprar comida y de cargar el celular.
Por suerte en cada parada se llenaba de vendedores ambulantes que ofrecían sus productos y logré comprar un par de cosas pero me morí de hambre en el viaje. Fueron 24 hs en las que estuve rodeado de gente y en la que sólo pude intercambiar unas cuantas sonrisas, gestos y algunas palabras básicas de ruso e inglés con las otras personas. Para colmo me quedé sin batería en el celular por lo que no pude escuchar música y no había enchufes. No tenía ningún libro ni nada para leer. Escribí un poco, pensé y reflexioné mucho, pero principalmente dormí. No había mucho más para hacer.
Para mis casi 2 metros el lugar no era muy cómodo, pero no me quedaba otra. Ni siquiera tenía espacio para sentarme. Si el señor de abajo o las señoras del frente estaban acostadas, no tenía donde estar. En total dormí 13 de las 24 horas que duró el viaje.

Se podría decir que todo fue muy tranquilo hasta que subieron los oficiales de migraciones rusos. Obviamente que tampoco sabían inglés. Me preguntaron dónde estaba mi visa y yo, de alguna manera, traté de explicarles que los argentinos no necesitábamos visa (casi todo el mundo necesita visa para Rusia). Al principio el señor me miraba serio, como que no entendía. Yo empecé a ponerme nervioso. Hasta que comenzó a reírse y me dio a entender que ya sabía, que sólo me estaba haciendo una broma y selló el pasaporte.

Ya con el pasaporte sellado, volví a dormir hasta Moscú. Llegué a un nuevo país donde manejarme con el inglés no iba a ser fácil. Fue todo un desafío el tren ruso, un entrenamiento para cuando haga el Transiberiano.

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VIAJAR EN EL «TRANSIBERIANO»

«El día que pensé que terminaba presa»
Angie D’Errico – Titin round the world


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ruzar Rusia sola en tren fue (hasta ahora) la experiencia viajera más fuerte que viví. El recorrido me llevó un mes y medio y durante todo ese tiempo siempre fui la única extranjera (y la atracción de todos los rusos que no entendían qué carajo hacía yo ahí). Otro dato a tener en cuenta: nadie habla inglés (ni la gente de turismo, ni en los hostels, ni en las estaciones, NADIE).

Rusia me llenó de anécdotas pero nunca me voy a olvidar del día que pensé que terminaba presa.Tenía que tomarme el tren pero la máquina que imprimía los tickets no andaba. Intenté hablar con un policía pero como el tren ya estaba saliendo me dijo que no importaba, que corriese y subiera igual. Las guardas del tren no me querían dejar pasar porque no tenía ticket (sí tenía la factura online pero no era suficiente). Después de un rato discutiendo por señas (policía de por medio) me dejaron subir igual.

Al frenar en la primera parada (el recorrido duraba 48 horas y tenía 15 paradas), se suben 4 policías, hablan con la provodnitsa (la guarda del vagón) y vienen hacia mí. Me piden el pasaporte, me miran y me hacen señas que baje con ellos.

Casi me infarto. Primero porque los policías rusos no son joda y segundo porque estaba sola, no me andaba el teléfono y nadie me entendía. No sabiendo qué pasaba y no pudiendo pensar bien del miedo, salí del tren escoltada por los policías. Mientras me llevaban (no sabía a dónde) veía cómo los demás pasajeros estaban mirando todo el espectáculo por las ventanillas.

Entramos a la estación, vamos a una oficina y uno de los policías se da vuelta todo sonriente y me dice: ¡¡Argentinaaaa!!

Con la voz entrecortada del miedo imaginándome a mí misma toda putrefacta y muerta en un calabozo en el medio de Siberia, le respondo: “Yes!”

El tipo me vuelve a sonreír, me da un papel y me dice “ticket!”. Y entre los 4 me llevan de nuevo al tren.

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«Atardece en el Tren Transiberiano»
Lucas y Ludmila – Mochilas en viaje

Miro el reloj, recién pasaron dos horas. Ya leí, ya tomé un té, ya comí un sándwich. Hice todo eso y recién van dos horas y aún tenemos 38 más por delante. Intentó apoyarme en la ventana, pero el vidrio esta tan frío que automáticamente me tira para atrás. Del otro lado, no sé ve nada. O mejor dicho, se ve mucho.

Kilómetros y kilómetros de tierra vacía. Los tonos van del dorado o al marrón bien oscuro. No me quedan dudas, estamos entrando en Siberia y acá ya es otoño.

A lo lejos, algunas nubes se tiñen de rosa y con los últimos rayos de luz, el día comienza a despedirse.

Vuelvo a mirar mi reloj  ¿Cómo puede ser que sean las 11 AM y esté anocheciendo?  Y ahí entendí lo que la provodnitsa (la señora regordeta y muy rubia que oficia de encargada del vagón) estaba intentándome decir en ruso mientras señalaba mi reloj.

Rusia tiene cinco husos horarios distintos, aunque todo el inmenso país este oficialmente con hora Moscú. En Siberia, por primera vez, contemplé un increíble atardecer antes del mediodía. Se ve que mi vecino de compartimiento comprendió mi cara de desconcierto y me ofreció un shot de vodka para asimilar mejor lo vivo.

Es que sí, pocas veces se cruza Siberia en tren, en otoño, durante cuarenta horas.

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Si vas a hacer este viaje, no te pierdas la Guía para viajar en el Transiberiano de Flor y Juan de La Ruta del Mate.


¡GRACIAS A TODOS LOS QUE PARTICIPARON!

Pronto salen las siguientes partes: Asia (Sudeste Asiático, Vietnam, China, India y Sri Lanka) y un especial con anécdotas en trenes de Argentina.

 

¿Te vas a Europa?
¡MIRÁ LA GUÍA PARA VIAJAR EN TREN CON LOS PASES EURAIL!

10 COMENTARIOS

  1. Flor, sos una genia!!! tus relatos me hacen vivir el momento tanto asi q siento que estoy viendolo todo. Estoy pensando en irme por el mundial a Rusia aprovechando mi viaje a Italia. Que me recomiendas? crees que podamos intercambiar correos? un abrazo!

    • ¡Hola Mario!
      Que grandeeee, muchas gracias por tu lindo mensaje!

      Yo no conozco Rusia aún, lamentablemente. Los blogs que están en este post tienen info y seguro podrán ayudarte!

      Abrazo y buen viaje!!!
      Flor

    • Gracias Javier por participar y por tu mensaje. Ya modifiqué tu apellido, perdón por el error.
      ¡Buenos viajes!

  2. AAAAAH! Me encantóooo! Me re inspiró!!! Me levantó el domingo!! Me hizo tirar los apuntes a la mier** aunque después me di cuenta de que en realidad todavía los necesito pero igual… Necesito subirme a un tren… pero no al Roca.

    • Gracias Gonza por tan lindo comentario 🙂
      No quiero ser causante que dejes de estudiar jajaja
      ¡Un abrazo grande!

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